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ENCUENTRO
CON EL POETA
FERNANDO
GONZÁLEZ-URÍZAR

El Poeta acaba de ser galardonado con el
PREMIO
BALDOMERO LILLO de ARTES LITERARIAS
otorgado en el Concurso Premios de
Arte y Cultura de la Región del Bío-Bío 2002.

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REFERENCIAS CRÍTICAS SOBRE LA OBRA DEL POETA
FERNANDO
GONZÁLEZ-URÍZAR



González-Urízar: un clásico contemporáneo.


por Tulio Mendoza Belio

Premio "Oscar Castro Zúñiga" 1998 y 2001


La poesía de Fernando González-Urízar es una de esas que parece seguir su curso venciendo el paso del tiempo, es decir, alejándose de modas y compromisos pasajeros. Siempre fiel a sí misma, se lee en su frescura y esplendor, como algo ya clásico en el panorama de la poesía chilena e hispanoamericana. Clásica en el sentido de lo permanente, de lo que se reconoce como modelo o digno de ser imitado y por lo tanto, en parte, enmarcada dentro de lo que la tradición entiende por "poético" (lo eminentemente lírico) y clásica también por las fuentes de las cuales se alimenta. El mismo poeta, en su "Discurso de Incorporación a la Academia Chilena de la Lengua", el 25 de septiembre de 1978, declara lo siguiente:

"Al incorporarme a esta Academia Chilena, quiero ante todo manifestar mi gratitud y amor a los que hicieron la lengua resplandeciente que me cupo en suerte hablar. Y digo algunos nombres de mi lujuria: Jorge Marique, raíz de angustia y consolación; Garcilaso, de pétalo y vertiente cristalina; Góngora, oro y azul heráldico en la nieve; Gustavo Adolfo Bécquer, de niebla, arrullo y luto; Rubén Darío, cisne de llamas; Antonio Machado, patio, fuente, naranja de la luz..."

También nos parecen apropiadas, esclarecedoras y aplicables a su propia poesí, las palabras que utiliza para referirse, en el ya citado Discurso, a Javier Vergara Huneuus; parece estar hablando de sí mismo:

"...a quien los clásicos españoles inolvidables le enseñaron la elegante economía de expresión, el vuelo de la palabra justa, y su música viva y emocionada."

Estos tres elementos son los que el poeta Fernando González-Urízar ha puesto religiosamente en práctica a través de toda su obra, llegando a constituir una suerte de lema que la crítica especializada ha destacado como algo fundamental. La poeta Delia Domínguez, resume bien esta idea en un artículo publicado en la revista Paula N 381 (1982, p.73):

"Realmente, González-Urízar es hoy uno de los grandes líricos del continente. Domina el oficio con la seguridad del maestro que conoce sus fundamentos y proyecciones; camina por donde sabe y se alimenta, tanto de las fuentes clásicas de la literatura, como en la percepción afinada de su alma. De registro amplio como la vida, su forma depurada hasta la esencia aflora en expresión justa y castiza apoyada también en la musicalidad de las palabras."

Y el poeta Antonio Campaña escribe en la revista Atenea N 446 (1982, p.253):

"...el desarrollo de la poesía de este autor, la que ha logrado alcanzar entidades y expresiones de singular registro en que el rigor, fino y cuidadoso, se revela a través de signos aéreos y reales en su humana dialéctica."

Poesí de la música y la imagen alada, del vocablo que entona y la palabra que dice, de todo lo que el ayer fue dejando en la memoria ("un color de pretérito lo empuja/a vivir en las cosas lo perdido") y que la escritura recupera para siempre, "en piedra infinita que vuele", en signos entrañables que ahondan la raíz, el lado poderoso y oculto de las cosas. Porque el poema, ese objeto otro que de materia y circunstancia, que de sonido más sentido, se transforma en un ser vivo, tiene la capacidad no sólo de comunicar el "saber del corazón" sino también el conocimiento racional, o como señala Fidel Araneda Bravo al comentar " Las nubes y los años" en la revista Atenea N 394 (1961, p.243): "González-Urízar canta desde el fondo del corazón sin perder la brújula de la inteligencia."

Si bien es cierto que a través de los años la poesía de Fernando González-Urízar ha permanecido fiel a su modo de ser, también lo es que ha ido buscando nuevos derroteros, especialmente en relación al lenguaje, al incorporar elementos del habla coloquial /"speech") a su escritura, aunque sin acercarse por ello de lleno a la antipoesía, sino que manteniendo ese tono lírico ("song", el cántico) que le es propio, matizado con palabras y expresiones de la lengua coloquial allí donde el poeta estima que es necesario hacerlo o donde el texto lo exija. Un antecedente al respecto, lo hallamos en su poema "A flor de llamas" que figura en el libro &qoutLa nubes y los años" (1961) y que termina con el verso "y ¡tan cansado mierda!" (p.26).

Al respecto, en su libro "Saber del corazón" (Ediciones Mar del Plata, Santiago de Chile, 1992, 120 pp.), aparece un poema que habla precisamente de estos dos ámbitos o planos: el habla coloquial o instrumental o funcional ("speech") y la lengua poética o formal, el c&aacutntico ("song"). El texto se titula justamente "Speech and song" (p. 99). Ya en en título se da respuesta a lo que el yo-lírico se cuestiona desde un principio:

"¿Es mejor el lenguaje común,
el habla de la tribu
al cantar que musita la voz
al oído del mundo?"

Nótese que los dos sustantivos del título en inglés están unidos por la conjunción copulativa "y" y no por la disyuntiva "o". Y es que en esta poesía se dan ambos planos:

"No elijo maneras ni modos: cada uno
viene con su forma, arenga o balada.

No cierro caminos al tono: existo con ambos.
Cada uno me da
lo que es propio de sí, su belleza."

Por esta razón, la poesía de González-Urízar se distingue, en cuanto a la forma, por el recurso estilístico que consiste en poner en contacto, en grados diferentes, estos dos niveles de lengua con el fin de poder establecer el diálogo, el equilibrio o el contraste del cual surja la chispa, el resplandor, "la forma que emociona" como afirma el poeta español Luis Antonio de Villena, "el vuelo de la palabra justa", en suma lo poético, es decir, la palabra plasmada, revestida de su máxima capacidad expresiva.

Resulta parádojico y a la vez interesante que una poesía que tiene al Tiempo como una de sus principales temáticas, se lea prescindiendo de él. Lo decimos en el sentido de que su poesía nos parece tener una vigencia universal cuyo tiempo histórico no la limita sino, muy por el contrario, la despliega, la abre, la proyecta en el diálogo de todas las escrituras, y es aquí donde la poesía de Fernando González-Urízar se nos muestra, al mismo tiempo, clásica y contemporánea.



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Presentación del libro
LA ETERNIDAD ESQUIVA (1957)

JUVENCIO VALLE

Premio Nacional de Literatura

Fernando González-Urízar canta con el ciego encandilamiento del celestial y dulce San Juan de la Cruz. Hay una desbordada unción en su acento. Sus sentidos no son los de cada día, mortales y limitados, que solo saben la flor y el fruto; los suyos ahondan el contorno material del mundo y en su obsesión sólo ven un aura rutilante ya esa hoguera se precipitan como la mariposa a las llamas. El poeta atraviesa el mundo en una especie de delirio o de exaltación permanente, y en donde las esencias son más vivas, allí acude con sus símbolos propios a entregarse en holocausto total. Y a pesar de que el mundo para él es un incendio continuo, la brasa más concentrada y permanente es aquella que leva alojada en su propio corazón. Ahogado de esos deslumbres repetidos no hace nada por salir de las llamas: en ellas se duele y florece.

Nuestro poeta es. indudablemente, un ciudadano legítimo de la poesía y la poesíía lo arrastra en su soplo inexorable. Ella le despeina el alma, le fuerza el paso y, al arrancarlo de raíz, le obliga a vivir en eterna persecución de una luz inasible.

Pero si su pasión no tiene límites, su palabra en cambio es sabia y cautelosa. Conoce, no por la fría ciencia del lenguaje, sino por espontánea exploración interior, las múltiples gradaciones del verbo. Sabe del milagro de la palabra henchida de posibilidades. Para el hombre que canta todos los signos del idioma le ofrecen un mensaje escondido. La palabra más estéril, sacada de su viejo rincón, se vuelve elocuente y revela de pronto todos sus ocultos fulgores.

González-Urízar no sólo lleva un mar océ,ano en el corazón, para exteriorizar este oscuro torbellino en cada sino suyo su espí,ritu se desangra por enormes avenidas.

Y echa a andar por ellas con la pasión del místico. Corre en pos de un mundo vivo, que pudiera ser tierra y cielo juntos, espíritu y materia o, si se quiere, esposo y esposa. A cada instante, Fernando González-Urízar, poeta y oficiante predestinado, suele encontrar esta estrella palpitante, tal es el ahínco y el fervor que pone en su búsqueda cotidiana.



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Presentación del libro
LAS NUBES Y LOS AÑOS (1961)

PABLO NERUDA

Presentar a un poeta y más aún a un joven poeta no es sólo buscar cierto nimbo, vapor o emanación en sus trabajos, sino averiguar con probable certidumbre su intimidad con la poesía.

Pocas veces he conocido tan ceñido amante como este Fernando González-Urízar, de tan antigua y palpitante rosa, y en su honor y esplendor ha desgranado estos collares, taciturnas, desgarradoras guirnaldas, he versado y tergiversado razones y encantamientos, ha dispuesto de extremas unciones y de atardeceres ensimismados para cantar, cantar, cantar como el Hombre manda.

Esto es, ha vivido y extravivido la poesía más íntima y más ancha, apretando y extendiendo sin fin no sólo el corazón sino el conocimiento.

Poesía singularmente desgarrada, busca una claridad propia, un ritmo que ordene su respiración y establezca por fin los mayores dones de la alegría.

Presento con algunas palabras a Fernando González-Urízar, pero basta con abrir alguna de sus sílabas para ver cómo salen volando inequívocas alas por él creadas, que ascenderán noche y tinieblas con el nuevo nombre que el poeta quiere dar a la luz.

Febrero de 1960
Casa "La Chascona", Santiago de Chile.


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Prólogo del libro
LOS SUEÑOS TERRESTRES (1965)

HERNÁN DEL SOLAR

Premio Nacional de Literatura


El mundo cotidiano posee una realidad secreta que en vano buscan nuestros sentidos. Se esconde entre todo lo que -cerca o lejos- nos acompaña cada día.

Cómo encontrarla? Obscuramente sentimos que en ella vive la dignidad de toda cosa y el mundo ordena su inalcanzable sentido.

El trabajo del poeta consiste en revelarla. Es decir, en descubrirla y hacerla espíritu de sus palabras. Sin ella el poema es un objeto vacío y el poeta un titiritero del engaño.

Aquí estamos ante un poeta que va junto a los demás hombres, vive con ellos, comparte sus misma suerte. No obstante, de ellos se aparta y distingue por su hallazgo de la realidad secreta del mundo cotidiano.

Para comunicarla, para que con él podamos compartirla, es necesario que entre en el misterio de la poesía y vea cómo se forja en él esa escondida realidad. Sabe, entonces, que no se halla en parte alguna, que debe ser fraguada, construida pieza por pieza con todos los elementos existentes. Dentro de la poesía, la construye el poeta con palabras. No tiene nada más para mostrarla. Con ellas la crea y la hace permanente, a prueba de cambios y de tiempo.

González-Urízar ha reunido sus palabras para la común empresa creadora. Para darles la inteligencia del misterio ha querido que vengan las palabras a sus sueños terrestres y ahí adquieran la maestría de lo asombroso. Qué son sus sueños terrestres? Es la vida de un hombre en la tierra, transfigurada en lo íntimo, en el ámbito puro del alma, y preparada ya para volverse canto, confesión, promesa, silencio. El sueño, ausencia de lo soñado, es presencia del soñador y memoria de lo que fue, captación de lo que es, brújula de lo que puede ser. Así, pues, cada uno de estos sueños terrestres es ausencia de la tierra y aparición de quien la sueña para hallarle, entre palabras, como poeta verdadero, sus auténticos rasgos. No se busque en estos poemas una vida terrestre seguida paso a paso, una biografía de las cosas, una copia de momentos y circunstancias. En ellos -por esto son poesía verdadera- no hay sino un vocabulario que un poeta organiza para cazar sus sueños de cómo vive el mundo su realidad.

Todos sabemos que ésta no es la primera vez que González-Urízar se compromete en la aventura poética. Su compromiso es de conocimiento de sí mismo y de toda cosa. Lo ha seguido en "La eternidad esquiva" y "Las nubes y los años". Lo ha cumplido en esos dos libros que le entregan ya como poeta que, personalísimo, sabe construir un mundo propio, no semejante sino a su sueño de la poesía.

Ahora, "Los sueños terrestres" nos devuelven a esa vida donde González-Urízar hace que se desenvuelva la magia del tiempo y sea el pasado un presente prodigioso, y el presente adquiera la nobleza de lo que belllamente fue.


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GONZÁLEZ-URÍZAR, UNA MITOLOGíA DEL TIEMPO

Prólogo del libro

AL SUR DEL AYER (1978)

ALFONSO CALDERÓN
Premio Nacional de Literatura

La poesía de Fernando González-Urízar, arranca, en primer lugar, de la música . De allí proviene el paso inicial. Luego el lector requiere de un paulatino proceso de adaptación -similar al de quien ingresa, de sopetón, a una habitación oscura, tras de haber vivido una hora a pleno sol-. Es el momento en que puede verse a las palabras despojadas de la posibilidad de equívoco, de los riesgos de su ambiguedad, postulando el clima que dará pie a un tema de composición, a una etapa figurativa. capaz de reunir música, palabra y pintura:

La piel de una manzana verde pálida
lustrosa y aromada en la frutera.
La blanca servilleta que se dobla
solitaria en el borde de la mesa.
Y mi ausencia que nunca sabe cuándo
partió o regresará (1).

Desde ese presente perdido, sus fragmentos permiten recomponer -al igual que los muros egipcios- una mitología cerrada, en el asedio de los elementos propios de esa "memoria común" o trasfondo de la humanidad que hace de cada hombre un "usuario" de la poesía, un buscador de fragmentos dispersos en los que algo tiene que ver la indagación en busca de su propia identidad y el vínculo con cada uno de los sucesos del pasado.

Si bien la lírica de González-Urízar no constituye una "ilustración" de un tiempo concreto, válido por sí mismo, existe en ella un proyecto de trascender los momentos supremos de una historia cotidiana que no se agota o extingue, reviviendo mediante símbolos en los cuales la calle, la naranja, la aldaba, el mantel o la cuchara resultan tan patético como los signos del Otro Mundo.

Por eso no extraña que se dirija al lector, su semejante, su hermano , incitándolo a someterse a los ritos de una probable solidaridad visionaria:

Este lugar es tuyo y no estuviste nunca.
Sólo conmigo, zarca, puede subir ahora
con el hábito puro que guarda las visiones
que el fervor hila o teje con mano soledosa (2).

O que lo haga ingresar al enorme misterio de todos los días, mediante el acceso a aquello que, de tan poco oculto, no puede verse sin sobresaltos:

El comedor, de rebanada y charca,
su péndulo de plata en el vacío
y un vals meridional de laca y nácar (3).

Los modos de elegía, los sistemas de invocación, el scherzo, la plegaria desacralizada, el seudomadrigal son sólo actos virtuales, disposiciones que permiten desencadenar la aventura dramática del Tiempo, las visiones coloreadas y fugaces del otro lado del espejo:

Domingos amarillos que recorro
del colegio distante al mediodía,
quién abrirá la puerta aquí y ahora?

La vajilla de mi casa tintinea.
Llueve fuego y tirito.
Me saludan (4).

Siguiendo, libro a libro, poema a poema, en esta parcial recolección de la obra total de Fernando González-Urízar, se visualiza cada vez, en los instantes mayores, el carácter circular de esta poesía, lo que no es extraño, ya que la repetición es la que hace posible la existencia del rito.

Por momentos, asistimos al espectáculo de un film en blanco y negro, en el cual los gestos de duda, de frenesí, de horror, de negación, de pena, de temporalidad erótica, de sospecha o de turbación, insinúan los hechos de una vida en movimiento que es, de algún modo, la de cada uno de nosotros, sus lectores, dispuestos a compartir la "territorialidad" que esta poesía propone.

No se distancia esta obra de los términos de aquella afirmación de Theodor W. Adorno acerca de que el Schonberg tardío "componía paradigmas de una música posible". Al final, qué duda cabe, Gonz´lez-Urízar aspira a poner a sus lectores en la ruta de una lírica sustentada en el Tiempo, con el fin de devolverle la certeza de que un día, en su ayer y su jamás (5), el milagro existió. Ese que repetiremos cada vez que, abriendo este libro, nos encontremos con nosotros mismos, los lectores de ayer, de mañana, de hoy, y así sucesivamente...

Notas:
1)
2)
3)
4)
5)

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